El fútbol tiene una relación brutal con el tiempo. No perdona, no espera, ni tampoco concede treguas.

Cada temporada aparecen juveniles que parecen destinados a quedarse para siempre y, cuando uno quiere darse cuenta, ya son parte de los recuerdos. Los años pasan rápido en cualquier profesión, pero mucho más en una en la que una décima de segundo puede separar la gloria del olvido.

Por eso lo que ocurrió este 16 de junio en Kansas City merece detenerse unos minutos. No solamente por la victoria de Argentina en su estreno en el Mundial 2026, en el que defiende la corona, sino porque, por una noche, el reloj pareció equivocarse.

Hace exactamente 20 años, otro 16 de junio, Lionel Messi disputaba su primer partido en una Copa del Mundo. Fue en Gelsenkirchen, en Alemania 2006, cuando ingresó en el segundo tiempo de la goleada 6-0 sobre Serbia y Montenegro.

Tenía 18 años, llevaba el pelo largo y todavía no conocía las finales perdidas ni las ganadas. Todavía no había levantado la Copa América ni mucho menos la Copa del Mundo. Recién era apenas una promesa, una de esas que aparecen cada tanto y que generan ilusión.

Aquella tarde marcó un gol y entregó una asistencia. Ahora, 20 años después, en otro continente, con otra Selección y con una vida entera recorrida detrás suyo, volvió a dejar su huella en una Copa del Mundo.

No es un dato estadístico, sino una rareza, una anomalía, un desafío abierto contra la lógica del deporte.

Porque entre aquel chico de 18 años y este capitán de 39 pasaron demasiadas cosas. Pasaron entrenadores, compañeros, frustraciones, títulos y generaciones enteras de futbolistas.

Cambió el fútbol, cambió Argentina y también cambió el mundo. Pero Messi siguió ahí. Y no solamente ahí; siguió siendo decisivo.

Durante gran parte del primer tiempo, Argelia propuso un partido incómodo, de esos que suelen desesperar a cualquiera.

Defendió con muchos hombres, cerró espacios y esperó. Intentó transformar el partido en una trampa de paciencia.

Argentina aceptó el desafío, movió la pelota, buscó por un lado, probó por el otro y esperó. Hasta que apareció una rendija; una sola. Con eso alcanzó.

Rodrigo De Paul vio un espacio donde parecía no haber nada y Messi hizo el resto: Control orientado, cabeza levantada y remate preciso. Gol.

Fue una secuencia repetida cientos de veces durante las últimas dos décadas, una escena que el fútbol conoce de memoria pero que, sin embargo, sigue generando asombro.

Porque los grandes futbolistas suelen retirarse antes de que el tiempo los alcance y los extraordinarios logran convivir con él. Messi, en tanto, hace algo todavía más difícil: parece correr más rápido.

En el segundo tiempo volvió a quedar claro. Argelia adelantó algunos metros sus líneas e intentó animarse a más. Pero encontró al mismo problema que vienen encontrando los rivales desde hace 20 años. Encontró a Messi.

Primero apareció sobre la derecha para sacar un remate que pasó cerca, después filtró un pase perfecto para Lautaro Martínez. Más tarde habilitó a De Paul con una sutileza que pareció desafiar la lógica. Luego, cuando Luca Zidane dejó un rebote tras un remate de Alexis Mac Allister, apareció donde tenía que aparecer. Gol, 2-0. Y para coronar su noche fantástica, se acomodó en la medialuna, juntó defensores y sacó un remate rasante que se transformó en el 3 a 0.

Argentina terminó construyendo una victoria tan trabajada como lógica en su debut mundialista. Una victoria que la pone en marcha en la defensa del título y que confirma muchas de las virtudes que hicieron de este equipo un campeón del mundo.

Pero el partido dejó algo más. También dejó una postal, una de esas que probablemente ganen valor con el paso de los años.

Porque mientras miles de argentinos cantaban en las tribunas del Kansas City Stadium y mientras la Selección comenzaba otro sueño mundialista, hubo algo que volvió a repetirse.

Argentina miró a Messi y Messi respondió al igual que hace 20 años y como en cada uno de los años posteriores.

El fútbol vive obsesionado con encontrar herederos, con descubrir quién será el próximo y con anunciar finales que muchas veces no llegan.

Quizás por eso el dato más impresionante de la noche no sea el resultado, ni los goles, ni mucho menos el buen primer paso en el Mundial más grande de la historia. Lo verdaderamente extraordinario es que dos décadas después de su estreno mundialista, Messi siga siendo capaz de decidir un partido de Copa del Mundo.

Kansas City fue testigo de eso y quizás dentro de algunos años muchos olviden contra quién jugó Argentina aquella noche de junio. Tal vez se pierdan los detalles del resultado, las estadísticas y los nombres. Pero será difícil olvidar que exactamente 20 años después de aquel primer paso en Alemania, “Leo” volvió a hacer lo mismo que hizo toda su carrera. Llegar antes que el tiempo.